miércoles, 5 de septiembre de 2012

Carl Rogers revisitado.



La obra de Rogers ha inspirado y sigue inspirando a muchos profesionales de varios campos, especialmente en Estados Unidos: psicólogos y psiquiatras, trabajadores sociales, educadores.

Cuando me formaba en psiquiatría, y me preguntaba como situarme para hablar con los pacientes, la primera recomendación que recibí fue familiarizarme con las ideas de Carl Rogers. Fue un consejo que no seguí, para lanzarme a la lectura sistemática de Freud siguiendo otras recomendaciones.

Hoy, tras ser un asiduo -y un poco fatigado- lector de la clase de intricados y abstrusos ensayos que con frecuencia produce el psicoanálisis, el encuentro con la obra de Carl Rogers (1902-1987) me parece fresco e inspirador, pero también una mezcla inicial de interés y desconfianza. Así que en mi relectura veraniega de la obra de 1961 de Carl Rogers “El proceso de convertirse en persona. Mi técnica terapéutica”, (Paidos, 1972), me he propuesto hacer un poco de exégesis de su obra y tratar de formarme una opinión sobre ella para compartirla en el blog.

Comencemos constatando que, como indica su subtítulo, se trata de una obra que se concentra en su mayor parte en la descripción y justificación de su técnica terapéutica, dejando sin tratar otros temas de gran importancia, como pueda ser el como concibe la formación de un psicoterapeuta.

Parte de la ambivalencia que me produce la obra de Rogers procede de forma y la convicción con la que expone sus ideas, muchas de las cuales son presentadas como el producto de una prolongada reflexión personal. Su obra, en su mayor parte, tiene la forma de un testimonio.

Comienza el libro presentando una reseña autobiográfica. En ella nos da algunos datos sobre su infancia, como llegó a interesarse por la psicología, como fue su formación y, sobre todo, sobre como fue formando sus opiniones como terapeuta para dar forma a su obra. Nos da a conocer que estuvo implicado casi desde el comienzo de su carrera en la atención práctica (de niños, jóvenes delincuentes o excluidos sociales, etc.). Se familiarizó con la formación psicodinámica norteamericana de su tiempo, pero la influencia psicoanalítica no le debió resultar demasiado atractiva. De hecho, aunque no faltan referencias hacia autores y conceptos psicoanalíticos, casi siembre es para marcar distancias.

A continuación nos presenta algunas tesis en su estilo es testimonial. Habla fundamentalmente de su experiencia, y de cómo se fundamenta en ella. Veámoslo en una cita que define bastante bien su estilo:

“Ni la Biblia, ni los profetas, ni Freud  ni la investigación, ni las revelaciones de Dios o del hombre, nada tiene prioridad sobre mi experiencia directa”.

En el contexto rogersiano, esta declaración es mucho menos arrogante de lo que parece. En realidad es parte de su esfuerzo para describir su posición personal, que tiene mucho que ver con su forma de conciencia de una posición existencial y que considera imprescindible para acompañar a sus pacientes. Es también, creo, una forma de expresar su concepción de la primacía de la experiencia subjetiva sobre toda otra consideración, en la misma línea de otras de sus tesis, sobre la radical necesidad de ver al paciente, como él dice, como a “otra persona”, en las antípodas de toda posibilidad de concebir al paciente como “un objeto”.

Cada una de sus tesis resume una dimensión importante de su pensamiento, conecta directamente con su posición como terapeuta y marca distancias con otros planteamientos con los que sin duda estuvo en debate como profesor universitario.

La técnica de Rogers.

Como teórico, Rogers utiliza pocos conceptos, pero los explica y trata de cargarlos con un gran contenido y profundidad. Para Rogers, la función principal del terapeuta (en realidad, casi la única) es ser capaz de “recibir” al paciente. En la peculiar terminología rogersiana, “recibir” consiste en “ser real”, “transparente”, “genuino”, en “prescindir de toda máscara” en la relación el paciente, en aceptar al paciente como una persona “diferente de si mismo”, y en “intentar comprender adecuadamente el mundo interno de la persona”. En su opinión, al ser capaz de adoptar esta posición, el proceso terapéutico se desencadenará, y siguiendo su propia lógica interna, llegará a su fin (si se dispone del tiempo suficiente).

En sus términos, ser capaz de “recibir” a un paciente, va mas allá de una decisión meramente técnica, o de la elección opcional de una determinada estrategia terapéutica. En realidad, en términos rogersianos, es una operación exigente, que excluye toda duplicidad: ser capaz de aceptar al paciente tal cual es, de manera auténtica, sin albergar juicios u otras consideraciones privadas, y ser capaz de interaccionar con él de manera “transparente”, teniendo como única motivación de la interacción con él “comprender su mundo interno”. Mas que una técnica, es una actitud personal. Esta obra en particular, no entra en el problema de si esa forma de escuchar rogesiana es una disposición o actitud personal, propia de la personalidad innata del terapeuta, o si es algo que se entrena y se desarrolla.

De manera análoga a la intuición de Freud sobre el deseo de curar, Rogers explica que “cuanto mas consigo entender y aceptar a un paciente, menos interesado estoy de arreglar nada”. En realidad, el progreso, en su opinión, se produce de la siguiente manera: toda vez que el paciente descubre que puede ser “recibido” y aceptado (en la terapia), deja progresivamente de necesitar defenderse de sentimientos y juicios que había aprendido a excluir de su propia consideración consciente, y comienza a acostumbrarse él mismo a aceptarlos, considerarlos y experimentarlos como parte de su condición “existencial”. La generalización de esta actitud, permitirá a la persona una vivencia del “si mismo” y de las relaciones progresivamente mas armónica y coherente; “un tipo de aprendizaje de si mismo exitoso y vivencial”.

Esta idea es complementada por una especie de optimismo sobre la naturaleza humana, que es compartida por otros psicólogos de la escuela de psicoterapia humanista. Rogers cree que la persona está esencialmente orientada hacia la autorrealización, de manera creando que un espacio que elimine la necesidad de autodefensa, será suficiente para el progreso, la maduración personal.

Sobre la posición del terapeuta, apoyándose en estudios empíricos, Rogers argumenta que la percepción por parte del paciente de actitudes como la distancia, la indiferencia o la superioridad operan como un obstáculo para el progreso de su terapia.

Una perspectiva sobre la concepción teórica de Rogers.

Como hemos comentado la teoría de Rogers es fundamentalmente experiencial y, a diferencia de otros teóricos, no parece partir de un modelo preconcebido.

Resulta difícil comentar su posición teórica. Al igual que otros psicólogos de corte humanista o existencial, Rogers ha de afrontar la crítica de no ofrecer un verdadero desarrollo teórico extenso, compacto y detallado. Esta crítica parecerá natural en quienes están acostumbrados a modelos teóricos densos y complejos (como los psicoanalíticos), pero corre el riesgo de no hacer del todo justicia a Rogers. En un campo tan heterogéneo como el psicológico, habría que ver desde donde se realiza el comentario y cuales son la asunciones previas desde las que se construye.

Con respecto a los psicólogos de la conducta (Rogers refiere haber debatido con Skinner), su posición radicalmente partidaria de lo subjetivo, es una barrera infranqueable. Pero respecto del campo psicoanalítico, a pesar de las importantes coincidencias y de los prestamos conceptuales, él mismo marca claras diferencias.

Pero habida cuenta los puntos de contacto y paralelismos con las ideas psicodinámicas, la perspectiva que prefiero es la de comparar sus ideas con esos planteamientos generales.

Es llamativo que a diferencia del psicoanálisis freudiano, o de otras formas de psicopatología clínica, Rogers no desarrolla interés hacia el estudio de estructuras clínicas u organizaciones psíquicas especifica. Menciona a veces referencias a su trabajo con personas con problemas psicóticos, pero siempre esta interesado en el caso particular y especifico. La posibilidad de encontrar regularidades que permitan agrupar los casos que ve en formas típicas con características comunes, estrategias terapéuticas o recorridos clínicos afines, no parece interesarle. De hecho, sin negar categóricamente la posibilidad de que frente a él haya personas con verdaderas enfermedades (como si hacen otros), considera que la mayoría de problemas que trata afrontan “problemas de la vida”, que mediante la terapia evolucionarán hacia la “autorrealización”.

Rogers tampoco está interesado en elaborar un modelo de aparato psíquico. Sin embargo, de sus parcos conceptos teóricos, la mayoría son fácilmente pensables como prestados de la perspectiva psicodinámica. Rogers  maneja una sencilla tópica con la idea de un “si mismo”, de un “si mismo ideal”, de una “realidad exterior” relacional donde el individuo debe desempeñarse, y de una amalgama de “sentimientos” que fluctúan en interacción. El malestar sería el indicador de la percepción de algún tipo de amenaza: una persona no podría relacionarse adecuadamente, si no dispone de una presentación de la realidad congruente con lo experimentado (percibido o sentido).

El mecanismo de defensa ante la realidad percibida como amenazante serían negar o ignorar los sentimientos emergentes o sencillamente, desconocer sus formulaciones verbales. En esta obra, Rogers apenas argumenta teóricamente su idea de que pasa en esa situación, pero sí lo describe con multitud de ejemplos y viñetas clínicas. (Menciona por ejemplo que una de las consecuencias seria la de “experimentar el si mismo como un objeto”).

Con el progreso de la terapia, al restablecerse progresivamente la percepción interna de los sentimientos, se resolverían las contradicciones internas, al tiempo que se desarrollaría espontáneamente un aprendizaje de la experiencia, que en modo alguno seria un adoctrinamiento, sino un proceso radicalmente “no directivo”.

Añadamos que Rogers esta interesado en el presente, y se muestra crítico con aquellas técnicas que se centran en el pasado de la vida de la persona.

El final lógico de su terapia, si esta fuera desarrollada hasta sus últimas posibilidades, sería una persona capaz de percibirse coherentemente en las situaciones vivenciadas, y capaz de reaccionar globalmente, armónicamente (en su terminología, “organísmicamente”) para si mismo hacia los demás.

Para Rogers como para el psicoanalista, parte de nuestros contenidos psíquicos son inconscientes, pero a diferencia de Freud, no tiene interés en desarrollar una teoría sobre un Inconsciente. Usa el concepto de inconsciente solo como una cualidad de los contenidos. No se pregunta por, digamos, ninguna ontología de los contenidos inconscientes.

Considera que es necesario que los contenidos inconscientes se hagan conscientes – única forma de que sean utilizables -, tanto las formulaciones verbales como los sentimientos asociados a la realidad de la persona. Señala que esas formulaciones se experimentan a medida que son accesibles y/o tolerables por la persona en la terapia, pero no se pregunta si es que están en algún lugar antes (por ejemplo, reprimidos, en el sentido freudiano). Sencillamente, aparecerán y se vivenciaran en un “proceso de restablecer la unidad entre lo vivenciado y lo pensado”. (En esta y otras ideas relacionadas con la importancia de lo afectivo pienso inmediatamente en el autor contemporáneo Alan Score)

Rogers no parece considerar necesario ir mas allá en el desarrollo de sus formulaciones teóricas. El psicoanalista, que ha podido acompañar con bastante comodidad a Rogers hasta aquí, se siente apenas en el umbral de una construcción teórica. Pero no hay un inconsciente tópico, no hay referencias al desvelamiento del Inconsciente reprimido y no hay una técnica de interpretación. El psicoanalista también echará de menos una teoría de lo motivacional (…de lo pulsional), o referencias a una estructuración del aparato psíquico, con sus contenidos inconscientes organizados. Nada de esto se formula.

Rogers conoce y describe los fenómenos emocionales que pueden aparecer a lo largo de la terapia entre paciente y terapeuta, pero pone cuidado en distinguirlos expresamente de la transferencia psicoanalítica. Considera que los fenómenos que observa y siente son “adecuados” y “mutuos”, “actuales y basados en elementos de la realidad”. Rogers, explica, se permite “modificarse” como resultado de la interacción con el paciente. Y de manera “autentica” y “sin mascaras” (no encuentra razones para tener que ser neutral), no tiene por que inhibir el compartir sus reacciones ante el paciente con el propio paciente. Considera que la transferencia psicoanalítica es “unidireccional” y “basada fundamentalmente en elementos típicamente alejados de la realidad” de la situación en la que aparecen. Transferencia y contratransferencia serían para él fenómenos basados en la “reactualización fantástica de experiencias pasadas”.

Para Rogers, como para el psicoanalista, las personas están atrapadas en modos de vivenciar basadas en experiencias pasadas. Están, como él dice, “ligadas a la estructura”. Opina que “en su manera de construir la experiencia, están ligadas al pasado”, lo que impide que puedan comunicarse o vivir las relaciones de manera “actual”, no puedan comunicar el “si mismo” con su experiencia actual. Lo que hace Rogers al “recibir” al paciente es también  invitar a “poner palabras” a las vivencias; las antiguas de la vida de la persona, que conforman los “constructos personales” o las nuevas, que se producen en la terapia o como consecuencia de ella. (Al hablar de “constructos personales” es imposible no evocar los “patrones relacionales implícitos” de Mitchell).

Implícitamente, creo, Rogers designa lo que parece considerar el mecanismo patogénico de la personalidad. Los “constructos personales” serían las estructuras a través de los cuales el sujeto está “ligado a la estructura”, ya que es en parte a través de la “flexibilización” de tales constructos que el individuo progresa. Esa flexibilización conllevaría la posibilidad de percibir con mayor claridad e inmediatez los sentimientos anteriormente “inhibidos” o “negados”, y percibir que, tras cada nuevo sentimiento que puede fluir, “existe un referente directo” actual, susceptible de ser revelado y formulado en términos verbales, conscientes y cognitivamente apropiados, lo que permitirá abordar las “incongruencias y contradicciones” de la experiencia de la vida, al tiempo que aparece y aumenta la sensación y aceptación de la responsabilidad.

Para Rogers, en este proceso, el “si mismo como objeto” tiende a desaparecer, sustituido por una vivencia permanentemente actual de la conciencia reflexiva (y aquí cita a Sartre). Los “constructos personales” (incongruentes con la experiencia actual) tienden a desaparecer, sustituidos precisamente por la “vivencia” de la situación actual. Habría una progresiva “correspondencia” entre sentimientos y los términos para referirse a ellos, incluyendo nuevos términos para nuevos sentimientos. Habría también una “relajación fisiológica” que contrasta con la tensión anterior asociada a las vivencias. La vivencia inmediata de la experiencia toma preponderancia, los “constructos personales” residuales serian permanentemente validados en su congruencia con la experiencia.

Para Rogers, la terapia opera a través de un cambio en la personalidad. Interesantemente, Rogers, no niega la existencia de “enfermedades”, pero no se ocupa de ellas. Por lo tanto, opina que en técnica no hay en juego ningún tipo de “curación”. Considera que las personas que consultan están “atascados” en su proceso de desarrollo, y no consiguen ser ”si mismas”, no consiguen completar su desarrollo como personas.

Para Rogers, el proceso iniciado en la terapia no necesita terminar, ya que es un puente hacia un “proceso organísmico total”, un proceso “no lineal”, que sucede de manera compleja e interminable en la interacción de la progresiva integración de experiencias afectivas y racionales, conscientes e inconscientes. Acepta como resultado final un flujo constante y armónico de sentimientos cambiantes y su interrelación con la experiencia.

Rogers y la Investigación.

Aquí Rogers, de nuevo a diferencia de la tradición psicoanalítica, se coloca entre los que no encuentra razones para evitar la investigación y la evaluación de sus técnicas . Hay que considerar que estamos hablamos de una obra de 1961; Eysenk ya ha publicado su trabajo afirmando que “la ausencia de tratamiento es igual o mejor que la psicoterapia psicoanalítica”. Rogers usando sus propias técnicas de evaluación, afirma que “al menos en lo que respecta a la psicoterapia basada en el cliente, poseemos pruebas objetivas de cambios positivos en la personalidad y la conducta del paciente”. Pero curiosamente, en este caso no se esfuerza en marcar distancias con “otras formas de psicoterapia”, sino que afirma que habiendo encontrado un método de evaluación propio y riguroso, considera que “en el futuro podrán lograrse igualmente pruebas sólidas acerca de los cambios que se logran en la personalidad por otras formas de psicoterapia”.

No me extenderé sobre su metodología. Uno de los trabajos que cita como mas demostrativos se centra en demostrar en un grupo pequeño de pacientes de 16 terapeutas distintos, mediante metodología objetiva, cambios duraderos en la “autopercepción”, “estructura de la personalidad”, “la interacción y adaptación personal” y “madurez en la conducta”.


Coda.

Para contextualizar los comentarios que preceden, los lectores interesados pueden familiarizarse con la obra general de Rogers a través de los trabajos de  Boeree G., (Shippensbourg University) o de C. Vazquez. Psicologia Online, Universidad Cesar Vallejo). 

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