martes, 31 de mayo de 2011

Perspectivas: Stephen Mitchell y el Psicoanálisis Relacional.



El Psicoanálisis ha sido una de las grandes aportaciones al mundo de la psicología y de la psiquiatría del siglo XX. No ha sido la única, pero ha sido de las grandes. A finales del siglo XIX, en un momento en que la psicología está apenas naciendo como una parte diferenciada de la filosofía, mientras Paulov está sentando los cimientos de la psicología experimental, y Cajal está comenzando a describir el tejido nervioso, Freud, que viene de la neurología, con su hipótesis del Inconsciente, sienta las bases de una perspectiva que será de enorme riqueza para la ciencia, pero también para  las artes y para cultura en general.

El Psicoanálisis fue interesando a un numero creciente de clínicos, que se consideraron discípulos de Freud, impresionados por el poder explicativo de la teoría freudiana y por las nuevas perspectivas terapéuticas que parecía ofrecer. Como cualquier nueva disciplina, tuvo sus partidarios y sus detractores. Y dentro del campo de pensamiento que Freud abrió con sus intuiciones, pronto empezó a haber distintas visiones sobre como describir el Inconsciente y todos sus epifenómenos.

Ello fue el germen del desarrollo del Psicoanálisis en varias escuelas, cada una de las cuales desarrollaba la teoría de alguna manera particular, elaborando hipótesis sobre distintos aspectos de la vida de la persona a partir de observaciones procedentes de las sesiones psicoanalíticas. Junto a la corriente principal, representada por el mismo Freud y sus discípulos ortodoxos, aparecieron varias otras corrientes, que desarrollaban aspectos distintos y constituían disensiones de la visión freudiana en tal o cual aspecto.

Casi siempre las disensiones tenían un componente teórico (una hipótesis distinta sobre algún aspecto de la teoría), pero también un componente político, ya que cada escuela tenia su propia forma de autorizar sus prácticas y a sus practicantes. Cosa importante en una disciplina en la que las hipótesis son, en su mayor parte, inverificables.

Una de las últimas perspectivas en incorporarse es la denominada por Mitchell y Greenberg “psicoanálisis relacional”.

La obra de Mitchell, (prematuramente fallecido en 2000 en la cima de su productividad teórica), y también la de sus colegas “relacionales”, ha incluído una revisión sistemática de la mayoría autores psicoanalíticos, y una cuidadosa y respetuosa labor de exégesis para observar qué es lo que tienen en común y que es lo que tienen de diferente; qué de compatible entre si, y qué de incompatible. Además, Mitchell ofrece interesantes opiniones sobre el desarrollo del movimiento analítico y las razones de su peculiar organización institucional.

En el prólogo de su libro “Conceptos Relacionales en Psicoanálisis” (Siglo XXI Ed.  1993), Mitchell expone su forma de pensar el dilema entre el psicoanálisis “de escuela” (de la escuela que sea) y la visión “ecléctica”. Propone un punto de vista que denomina “integración selectiva”. Mitchell considera que desde ese punto de vista “todas las teorías y tradiciones enriquecen el campo de la búsqueda analítica, y sus aportaciones son valiosas”; pero añade que las visiones teóricas “en algunos aspectos son compatibles, pero en otros se excluyen entre si”. En el libro desarrolla su respuesta a las preguntas: “¿en que casos pueden aplicarse las mismas teorías? ¿En que casos es necesario dar a los diferentes conceptos un marco nuevo y mas amplio que los incluya? ¿En que casos son incompatibles?”

Mitchell adelanta su conclusión de que en la historia de la elaboración psicoanalítica hay dos marcos conceptuales amplios e incompatibles entre si. Por un lado estaría lo que denomina “modelo pulsional” que, en su opinión, constituye “una unidad , es amplia y obsoleta, y se conserva fielmente como un conjunto de creencias en torno al cual se acomodan las ideas innovadoras sin descartar los principios tradicionales”. Y por otro lado estaría “la teoría de las relaciones”, “fragmentaria y dispersa, elaborada por escuelas psicoanalíticas que se consideran opuestas entre si, mas que complementarias”.

Mitchell opina que la “teoría pulsional” tiende a “impedir y a distorsionar las innovaciones y a mantener la teoría a cierta distancia de lo que piensan la mayoría de los especialistas contemporáneos”.

A pesar de su claro talante integrador, en la forma en que Mitchell  concibe la posición respectiva de las dos perspectivas no hay paños calientes: se trataría en su opinión nada menos que de paradigmas distintos en el sentido de Khun. Es decir, heterogéneos entre sí, por no decir incompatibles.

Digamos dos palabras sobre las diferencias que Mitchel aprecia entre los dos modelos.

El modelo pulsional describiría un aparato psíquico “cerrado” y desarrollado como una “unidad individual” separada del mundo exterior, que se desarrolla a partir de un conglomerado de impulsos de origen físico, ante cuya presión el individuo tendría que desarrollar medios de conducción de la energía pulsional (“sexual”) hasta su descarga bajo el principio del placer y, adicionalmente, aprender a negociar con el exterior para renunciar o aplazar las descargas pulsionales en pro de la convivencia social y de la cultura, considerados como algo “exterior” al sujeto.

El modelo relacional concibe a la persona como “una matriz de relaciones con los demás” partiendo de la base de que el ser humano esta diseñado para relacionarse, siendo éste su móvil principal (reformulando  así completamente el papel del concepto de pulsión). Según este punto de vista, “la unidad básica de estudio no es el individuo como entidad separada cuyos deseos chocan con la realidad exterior, sino  un campo (una matriz) de interacciones dentro del cual surge el individuo y pugna por relacionarse y expresarse”.

Para formarnos una idea mas clara, podemos esquemáticamente comparar la idea de pulsión, tal y como la define Freud, con las ideas básicas de J. Bowlby.

Freud concibió su concepto de pulsión elaborando hipótesis y construyendo “hacia atrás” en la vida psíquica de la persona a partir del material que aportaban sus pacientes en las sesiones de análisis.

De acuerdo con su formación, Freud pensaba al individuo como una unidad biológica, con un sistema especial que le permitía “derivar” la energía tanto proveniente de los estímulos exteriores como interiores, bajo el principio del placer. Concibió la pulsión como un “mito” teórico situado en la interfase entre la biología y el aparato psíquico, que esencialmente introducía energía en el aparato. La energía provendría de una “fuente” biológica (una “zona erógena”), tendría cierto grado de perentoriedad o “presión”, buscaría una “meta” y se dirigiría a un “objeto”.  De los cuatro aspectos constitutivos del concepto, el objeto sería el elemento exterior y variable. Si pensamos en la pulsión oral en el bebé humano, tal y como Freud la concibió, la “fuente” estaría en el orificio oral como fuente del reflejo de succión; la “presión” variaría en función de las condiciones biológicas del momento, pero nunca se extinguiría por completo; la “meta” sería ”succionar” y el objeto sería exterior e intercambiable: un pecho, pero ninguno en particular, o un biberón, o un chupete, etc. El “objeto” sería un elemento exterior, y en sí sería lo mas irrelevante del modelo.

Bowlby tenía otro tipo de experiencia y de formación. Comenzó su trabajo con menores mal adaptados y delincuentes. Se interesó por los efectos clínicos del trato inadecuado a los menores. Se formó como psicoanalista con Melanie Klein, que desarrolló el concepto del desarrollo temprano de la psique que Mitchell considera mas cercano de las ideas relacionales actuales que de las freudianas.

Bowlby llegó a intuiciones teóricas desde las que formalizó la Teoría del Apego. Citando a Marrone, “su intención era postular un nuevo concepto de conducta pulsional dentro de la cual la necesidad de formar y mantener relaciones de apego es primaria y diferenciada de la necesidad de alimentación y de la necesidad sexual”. Y mas aún, “en el modelo de Freud, el apego es secundario con respecto a las gratificaciones oral y libidinal. En el modelo de Bowlby, el apego es primario y tiene un estatus propio”.

Esta forma de concebir los motores mas básicos del la psique del sujeto humano es transversal a los autores “relacionales”, que conciben que la relación con otros humanos es un motor básico de la psique humana, hasta al punto de postular que no se puede entender una mente humana como algo aislado, por fuera de una matriz de relaciones en la que surgen los fenómenos que constituyen el psiquismo, como el afecto, la agresividad, los síntomas neuróticos o los significados y valores de la vida.

La visión de Mitchell de las ideas de las distintas escuelas teóricas (y de Greenberg y de Black, con quienes escribe parte de su obra) es inclusiva e integradora. Mitchell opina que las razones de que las distintas escuelas se hayan mantenido separadas no se debe tanto a diferencias teóricas (que las hay), como a la manera en que Freud edificó su obra intelectual y como el psicoanálisis se organiza. Mitchell solo encuentra razones teóricas para una gran división entre dos grandes orientaciones psicoanalíticas: las que se adhieren al modelo pulsional, en la línea de la tradición freudiana ortodoxa, y las del modelo relacional, entre las que encuentra el legado de los primeros disidentes como C. Jung, A. Adler, O. Rank y S. Ferenczi, cuyas ideas fueron utilizadas por los culturalistas como H. Sullivan, E. Fromm, o K. Horney; la obra de dos de las grandes escuelas de la tradición británica (los seguidores de M. Klein, entre los que destaca a W. Bion y los del “grupo intermedio”, con R. Fairbairn,  D. Winnicott, M. Balint, J. Bowlby).

Creo que la propuesta de Mitchell y sus colegas “relacionales” es muy interesante y oportuna en el panorama psicoanalítico global. Me gusta su posición ante las discrepancias teóricas, que es respetuosa e inteligente, y ofrece una visión positiva y optimista sobre como el psicoanálisis podrá seguir siendo un referente de la terapéutica y de la cultura en las próximas décadas.

viernes, 13 de mayo de 2011

Perspectivas: La Alianza Terapéutica.



Creo que si existe un concepto troncal el distintas aproximaciones a la psicoterapia, este residiría en el concepto de "alianza terapéutica". 

Parece de sentido común pensar que si el profesional y el paciente dedican tiempo y recursos a reunirse para ver si resuelven un problema, habrá ciertos acuerdos básicos sobre que es lo que van a hacer, y en general, esto es cierto.

Según Bordin, la alianza terapéutica es un constructo que se hace operativo por medio de tres componentes: acuerdo entre paciente y terapeuta respecto a los objetivos de la terapia, acuerdo acerca de las tareas propias de la terapia que se esté llevando a cabo, y establecimiento de un vínculo entre paciente y terapeuta que «probablemente se siente y expresa por medio del aprecio, la confianza y el respeto mutuo, y por la percepción de que existe un compromiso común y una recíproca comprensión de las actividades psicoterapéuticas» (Bordin, 1994).
Es un concepto al que se concede creciente importancia en la investigación reciente sobre psicoterapia como uno de los factores comunes fundamentales a todas las aproximaciones psicoterapéuticas. Se considera que no es curativa por sí misma, pero que es un ingrediente que hace posible la aceptación y el seguimiento del trabajo terapéutico. Es un concepto que resulta medible por quienes se interesan por ese tipo de cosas. Se le ha atribuido en investigaciones empíricas sobre resultados de terapias de distintos tipos entre el 15% y el 30% de la responsabilidad (de la varianza) del efecto terapéutico medido; mayor que el tamaño del efecto que se explica los por factores "específicos" de los distintos tipos de terapia.
Corbella y Botella opinan que “desde la modificación de conducta clásica se planteaba la terapia como un proceso en el que el paciente aprende o modifica ciertas conductas o hábitos, por lo que se postulaba que la calidad técnica de las intervenciones del terapeuta era el elemento esencial”. Curiosamente, aunque obviamente en un contexto completamente distinto, ello no es muy distinto de lo que Freud opinaba cuando comparaba su labor con la de un cirujano que opinara de su trabajo con el paciente “yo lo opero y Dios lo cura”, pareciendo sugerir de manera análoga que es de la correcta aplicación de la técnica de la que cabe esperar la mejoría del paciente. Sin embargo, entiendo que muchos profesionales que trabajan en el modelo conductual han terminado por considerar que la relación profesional se tiene que dar en el contexto de algún tipo de vínculo convencional en la que hay acuerdos básicos sobre temas como la confianza, y la noción de compartir cierto proyecto común.

Desde la perspectiva psicoanalítica, que es la que más me interesa, la noción de alianza terapéutica se vuelve compleja por dos razones. Una es que, al postular el Inconsciente, estamos aceptando la posibilidad de que una persona pueda desconocer una buena parte sus motivaciones hacia la terapia, de manera que no ya no resulte obvio en principio qué se pueda saber sobre las motivaciones de una persona que pide terapia. Es decir, que puede haber dudas sobre el “para qué” de la terapia. Otra razón, relacionada con la primera, es que como los modelos que disponemos para tratar de entender lo que sucede en la terapia – o en la formación de los síntomas – describen a la mente humana como el resultado de la relación de diferentes entidades psíquicas en interacción dinámica, tenemos que formular con cuales de esas entidades o instancias psíquicas se alía el analista y como.  Es decir, también hay que explicar el “con quien” o “con que” se alía el analista.

Así que coincido con Etchegoyen al pensar que aunque el concepto de alianza terapéutica parce sencillo de intuir, es complejo de poner en conceptos. Porque al describir esa alianza aparecen matices y problemas que dependen de cada modelo que usemos para describir el “la mente” o  “aparato psíquico”. Veamos un par de ejemplos.

Los que nos hemos formado y trabajamos en el modelo psicodinámico, estamos acostumbrados a pensar que el aparato psíquico es complejo, y que hay varias instancias psíquicas en interacción, cada  una de las cuales es responsable de parte de los fenómenos que observamos. Por ejemplo, para el Freud de la segunda tópica, en el aparato psíquico podemos diferenciar tres instancias. Está el Ello, que sería la sede de las pulsiones, esto es, las presiones que nuestro ser biológico impone al psiquismo. Está el Super-Yo, que sería la instancia moral, representante psíquico de la cultura y las normas sociales que restringen y ordenan nuestra conducta. Y finalmente está el Yo, que podría describirse, ente mediador entre el aparato psíquico y la “realidad” exterior (o como responsable de las decisiones conscientes, o como el soporte de la noción de identidad).

Cuenta Etchegoyen en “Los fundamentos de la técnica psicoanalítica”que en la tradición psicoanalítica mas clásica, la noción de alianza terapéutica es un concepto de Sterba, propuesto por primera vez en 1932.

En su primera formulación, Sterba propone que en el proceso analítico, el yo del paciente se disocia en dos partes. Una de ellas es la prolongación del Yo del paciente anterior a la terapia, un Yo vinculado neuróticamente a las exigencias de la pulsión y a la repetición de los síntomas.  Otra se identifica con Yo del analista, con su actitud reflexiva y de distanciamiento racional tanto de las exigencias del Ello como de la rigidez del Super-Yo.

Mirándolo un poco mas de cerca, para Sterba la alianza terapéutica se produce entonces entre “Yo” del analista y la parte disociada del yo del paciente que se identifica con el analista. La parte neurótica del Yo y la parte que se identifica al analista coexisten en el paciente. Mientras la parte del Yo que se alía con el analista trabaja con él para rememorar los contenidos inconscientes responsables de lo síntomas –de lo que se espera el efecto terapéutico, la parte “neurótica” del Yo es la responsable de la resistencia, y tiende a “actuar” en la transfencia, por no poder rememorar la experiencia infantil, repitiéndola en la relación con el analista, en lo que se denominó la “resistencia de trasferencia”.
Aunque solo sea de pasada, en el psicoanálisis clásico, en el contexto de la asimetría de la relación trasnferencial, se espera que se produzca, como parte de la cura, la “regresión” del paciente, es decir, la reaparición de demandas arcaicas en la neurosis de transferencia.

Usando una expresión de Zetzel, la trasnferencia analítica equivaldría a "la suma de la alianza terapéutica y el conjunto de la neurosis de transferencia".

Anna Freud o Greenson, proponen tener en cuenta que en la relación analítica hay un área trasnferencial, donde se reproducirían de manera irracional los fenómenos relacionados con lo reprimido, y un área no transferencial donde paciente y analista se reconocen mutuamente “como personas reales, de igual rango, con una relación también real entre ellos”.

Sin salir de la perspectiva psicoanalitica, otros autores han propuesto modos distintos de pensar la relacion terapéutica. Sandor Ferenczi, contemporáneo y discípulo de Freud, pensaba que el efecto terapéutico se logra más por “revivir” que por “rememorar” los acontecimientos traumáticos, idea congruente con el conocido concepto ulterior de “experiencia emocional correctiva” de Alexander. En el pensamiento de Ferenczi, en la relación terapéutica cabrían actitudes mucho mas activas y participativas del terapeuta que en el psicoanálisis “ortodoxo”, celoso de la “neutralidad” y de la “regla de la abstinencia” y no partidaria de las prácticas que se aparten de ello.

En los últimos 20 años, ideas como las de Ferenczi, muy contestadas en su momento, han sido recuperadas, comentadas y desarrolladas de manera creciente grupos como los denominados “analistas relacionales”. Los analista relacionales, aun considerándose continuadores de la perspectiva psicoanalítica abierta por Freud, piensan de manera bastante distinta el aparato psíquico y la técnica analítica.

Si el modelo psicoanalítico clásico construye su modelo de aparato psíquico esencialmente desde una perspectiva individual (Pulsiones, Ello, Yo, SuperYo serían las piezas que construyen un sistema cerrado, escenario de conflictos intrapsíquicos que afectan a las relaciones del individuo con el exterior), en la perspectiva relacional, el aparato psíquico se entiende como un sistema de “conocimientos relacionales implícitos”, herederos de los modos de relación reales con las personas significativas para la persona. Desde la filosofía de la perspectiva relacional, el objeto de estudio no sería la mente aislada, sino ésta en sus relaciones (Stodorow y Atwood).

Esta perspectiva reordena de manera importante los conceptos de la metapsicología freudiana, enfatiza otros problemas no relevantes desde ella (como por ejemplo la gestión de sentimientos que aparecen en las relaciones como la rabia o la vergüenza), y hace relecturas originales de otros problemas, como por ejemplo, los que llevaron a Freud a postular la Pulsión de Muerte.
Desde esta perspectiva, conceptos como la empatía, la intersubjetividad o la mutualidad (Ferenczi) son aspectos centrales del trabajo terapéutico. Y la noción de alianza terapéutica se despoja de autoridad y se plantea como un respetuoso pacto intersubjetivo en que paciente y analista “exploran una realidad conjunta y dando lugar a significados mutuos que van co-construyendo” (Velasco).

En mi experiencia personal, partiendo de conceptos bastante ortodoxos, (ortodoxos de la ortodoxia lacaniana), he sentido que, como analista, mi viaje me ha ido llevando hacia posiciones cada vez mas flexibles, a un modo de entender el encuadre mucho mas horizontal, y en este sentido mi “descubrimiento” de las ideas de analistas relacionales como E. Mitchell ha sido un soplo de aire fresco y una confirmación de que las intuiciones que me ha ido aportando mi experiencia son similares a las de otros profesionales contemporáneos.

No quiero dejar de mencionar un aspecto que me parece difícil de enmarcar, pero que también me parece imposible de soslayar. Me refiero a lo que llamaría, a falta de otro nombre mejor, “la mala fe” en la alianza terapéutica. Por ejemplo, cuando hay en paralelo demandas o intervenciones judiciales, cuando hay en paralelo evaluaciones, bajas laborales o prestaciones sociales, las demandas de tratamiento con frecuencia parecen cumplir una función poco clara. En intervenciones sobre ese tipo de casos, con frecuencia he sentido que la alianza terapéutica era poco clara, que no estaba muy claro cual era la parte común de la tarea a emprender y a menudo estos temores se ha confirmado cuando el paciente dio por terminada la intervención en cuanto se convenció que no iba a obtener el tipo de apoyo que no demandaba explícitamente pero si esperaba de cara a terceros en juego.

lunes, 18 de abril de 2011

Carl Rogers y la Psicoterapia Centrada en el Cliente.




Carl Rogers desarrolló un enfoque de la psicoterapia que denominó “psicoterapia centrada en el cliente”. También lo denominó "Psicoterapia no directiva". Los nombres que elige para su estilo de práctica dan una idea de la perspectiva que quiere adoptar.

En su libro “El proceso de convertirse en persona”, Rogers relata como llegó a interesarse por la psicología y la psicoterapia. En su formación universitaria, inicialmente orientada hacia el mundo de la educación, tras algunos titubeos se interesó por el trabajo con niños "desvalidos y delincuentes" que le enviaban "los tribunales y otras instituciones". Conoció el Psicoanálisis, pero pronto se dio cuenta de que estaba comenzando a desarrollar una línea de trabajo original, que no interesaba mucho a los psicólogos de su época, pero si a los asistentes sociales psiquiátricos.

En una pequeña nota autobiográfica, cuenta como su interés por la investigación empírica le hizo desconfiar de las afirmaciones no acompañadas de pruebas, lo que contribuyó a alejarlo del Psicoanálisis norteamericano de su tiempo. Su área de trabajo universitario se movió entre la Sociología, la Psicología y la Educación. A lo largo de su vida, trabajo como profesor en las Universidades de Rochester, Ohio, Chicago y Wisconsin.

Lo que me interesa de Rogers es como como su viaje intelectual, que sin duda desarrolla algunos de los puntos de vista abiertos por Freud, parece conducirle en algunos aspectos a posiciones bastante diferentes. He revisado sus ideas consultando las obras “El proceso de convertirse en persona” y “Psicoterapia centrada en el cliente”.  No es posible aquí - esto es solo un blog- hacer un desarrollo exhaustivo de sus planteamientos,  pero creo que si se puede dar una idea de su pensamiento. Me detendré luego en algunos puntos que me ha llamado más la atención.

Un resumen accesible de sus puntos de vista podemos encontrarlo de sus propios labios en el video de Youtube de su entrevista con Gloria. Rogers explica que en su opinión “si logra crear el clima propicio, la relación adecuada, las condiciones adecuadas, el proceso de terapia se desarrollará casi inevitablemente”. En este aspecto, creo que Rogers se sitúa con los que creen que el cambio terapéutico se producirá por la resolución de conflictos y contradicciones internos de la subjetividad del paciente.

¿Cuales son estas condiciones?

Primero, Rogers explica que intentará ser “real”, o “genuino” en la relación terapéutica. Explica que cree que su comunicación debe mostrar de manera verdadera lo que siente en su interior. Se refiere a ello también en términos de “transparencia”.

En segundo lugar, cree que el proceso será mas efectivo si puede “aceptar” claramente a su cliente “como una persona diferente” de él mismo. Rogers menciona de pasada que es posible que en el repertorio de sus sentimientos durante el proceso pueda "sentir que el cliente no le gusta" y admite que eso debería ser expresado, pero confía en que lo que sentirá será "aceptación" y un deseo de “cuidar” o de “amar" de manera "no posesiva".

Y en tercer lugar, intentará “comprender adecuadamente el mundo interno de la persona”, y “no solo en los aspectos mas superficiales, sino también en sus significados más profundos”. Ese es el material que devolverá al cliente en la comunicación durante la terapia.

Rogers opina que si puede colocarse de esta manera ante su cliente, su investigación y su experiencia clínica le indican que existe la probabilidad de que ocurran algunos cambios en su cliente.

Su cliente “podrá explorar mas profundamente sus actitudes y sentimientos”. “Se hará consciente de aspectos de si mismo de los que antes no era consciente”. Sintiéndose aceptado por el terapeuta, “mejorará la capacidad del cliente de aceptación de si mismo”. “Sintiendo que las nuevas significaciones que emergen son entendidas por el terapeuta, es mas probable que sean tomadas en cuenta por el cliente como formas de entender su propia experiencia”. Si el cliente percibe que es experimentado de manera auténtica por el terapeuta, “será mas probable que se experimente de manera auténtica a si mismo”.

Rogers cree que en ese tipo de relación que se crea en la sesión, cambiará la forma en que el cliente le habla y le percibe, y también como se percibirá a si mismo. El cliente cambiará la forma “alejada” de percibir algunos aspectos de si mismo, y pasará a percibirlas de manera mas “próxima” a si. Podrá “sentir mas libremente” y podrá “expresar más libremente lo que siente”.  Pasará de una actitud de “no aceptación de si mismo” a otra diferente en la que “mejorará su auto aceptación”. Pasará de un estado de “tener miedo a lo que expresa”, a otro en el que podrá “confiar y expresar abiertamente lo que experimenta”. Pasará de una visión “esquemática y rígida de lo que experimenta” a una percepción con “más matices y posibilidades de expresar lo que siente”. Pasará de una actitud en la que “temerá ser evaluado desde el exterior” a una actitud en la que “reconocerá una mayor capacidad de auto enjuiciamiento y de sacar conclusiones propias”.

No es posible aquí hacer un desarrollo que haga justicia al trabajo de Rogers, ni una crítica razonablemente documentada. Pero si puedo intentar justificar qué es lo que me interesó de su enfoque y qué es lo que me ha inspira dudas.

Me interesa su actitud hacia el paciente, que él prefiere denominar “cliente”. Me interesa que su enfoque no parece tratar de traer al cliente a al terreno del terapeuta-experto, sino que intenta trabajar en el terreno del "cliente" de manera, como él sugiere, "no directiva". Me gusta la manera en que evita imponer al cliente, en nombre del procedimiento, reglas artificiales en el encuadre. Me gusta el hecho de que parece no tener en la recámara una idea preconcebida de la clase de pensamientos "inconscientes" que el sujeto deba tener, o que él conozca por anticipado y deba revelar al "cliente".

Me interesa especialmente su audaz y drástica reinterpretación de la posición del terapeuta. El psicoanálisis clásico freudiano desarrolló una idea de la neutralidad analítica en la que la persona del analista desaparece tras una pantalla de neutralidad sobre la que el paciente puede proyectar sus fantasías transferenciales. De esa manera, por ejemplo, el analista evitaría contaminar el material aportado por el paciente con el material de su propio inconsciente, para asegurarse así de que sus interpretaciones analíticas no son meras proyecciones.

Rogers, sin embargo, explica en su exposición como ha aprendido a usar su persona para ponerla al servicio del cliente en ese tipo de comunicación especial que es precisamente en lo que consiste su visión de la relación terapéutica con el cliente. Rogers ha desarrollado una teoría positiva de las cualidades del terapeuta: autenticidad, aceptación, empatía. Me gusta su enfoque porque mi experiencia personal va en la misma dirección. Intuitivamente, estoy de acuerdo con Rogers en que la distancia, las actitudes impostadas, o la indiferencia son percibidas por el paciente y producen desmoralización, alejamiento de la tarea y falta de la confianza que se necesita para emprender cualquier proceso de cambio.

Por el lado de la crítica, tras leer sus propuestas teóricas, no comparto la idea general de que la posición teórica de Rogers está poco fundamentada. Rogers menciona numerosas referencias de investigación empírica propia y ajena que, en principio, me parecen referencias tanto o más mas sólidas que otras lineas argumentativas basadas en la exégesis exhaustiva de las enseñanzas de autores aceptados por sus seguidores prácticamente como indiscutibles. Sin embargo, sí me siento algo extrañado ante un estilo argumentativo tan basado en la propia introspección y el en uso de la primera persona.

En términos generales, la noción de aceptación del paciente me parece muy valiosa e interesante, pero me pregunto sobre su rango de aplicabilidad sobre determinados tipos de pacientes, como podría suceder en aquellos que tienden a desarrollar comportamientos manipuladores o antisociales. Me pregunto como funcionarían las potentes intuiciones clínicas que expone Freud en “Mas allá del principio del placer” - la "compulsión a la repetición" o "pulsión de muerte" – en el contexto de la visión optimista de Rogers sobre el sujeto humano. 

Confrontado con ese espejo óptimo que le permitirá la autoexploración y el autoconocimiento, ¿como tenderá un sujeto a resolver sus tensiones internas - culpa, agresividad, tendencias auto o heterodestructivas-? Lo hará regularmente de una manera que, digamos,  mejore su relación consigo mismo y con el entorno?

No lo sé. Tampoco creo que sea un problema específico de la perspectiva rogersiana. Quizás Rogers opinaría que este es uno de esos problemas abstractos que tanto nos gusta plantearnos a los que nos hemos formado en la tradición teórica "metafísica" europea, y se conformaría con recordarnos como su investigación de campo le ha mostrado que su perspectiva produce efectos terapéuticos sólidos en comparación con otras orientaciones.

Creo que es algo sobre lo que pensaré en el futuro próximo.



sábado, 9 de abril de 2011

Puntos de partida. Horacio Etchegoyen: transferencia y alianza terapéutica.



Dándole vueltas a tema de repensar (una vez mas) la posición del analista, tal y como aparece en nuestras conversaciones de este año, y desde la polifonía de voces teóricas que se pueden encontrar en cuanto se deja de ser "escolástico" y se vuelve uno un poco "integrador", ( ... y seguramente, también sin dejar se serlo), trato de encontrar una voz que pueda situar los principales problemas en un mapa.

Leo un poco cosas de personas que han sostenido exitosamente puntos de vista diversos, como Rogers (y su "Terapia centrada en el cliente"), o Bowlby (que propone nada menos reorganizar el esquema pulsional freudiano introduciendo su idea del "apego" como una de las tendencias humanas básicas). Y luego me acuerdo de Horacio Etchegoyen, presidente que fue de la IPA y autor del texto clásico "Los fundamentos de la técnica psicoanalitica", que reúne una combinación razonable de información, rigor, ortodoxia y cierta apertura de miras. Etchegoyen dedica varios capítulos de su tratado a cosas que se pueden leer como elaboraciones sobre la posición del analista, y su punto de partida es el siguiente.



  • Punto uno: La transferencia es "el factor mas importante de la terapia psicoanalítica."
  • Punto dos: "La transferencia solo puede entendérsela si se la compara con algo que no es la transferencia", y que llama "provisionalmente" la "alianza terapéutica".


Este punto de partida, sostiene, tiene origen en discusiones muy tempranas de la sociedad psicoanalítica de Viena (con Anna Freud, Melanie Klein, supongo que también Ferenczi y no digamos los primeros disidentes), y se desarrolla extensamente en muchos autores "post-freudianos" más o menos ortodoxos (Strachey, Fenichel, Sterba...  en una discusión en la que también se menciona a Lacan).

Es un punto de vista interesante, ya que permite centrarse en desarrollos razonablemente ortodoxos que nos mantiene (supongo) en el terreno psicoanalítico estricto, pero a la vez, abre todo un campo para pensar en la "alianza terapéutica", tema troncal común a todas las ramas teóricas de las psicoterapias así llamadas "integradoras", en torno a las cuales parecen desarrollarse algunas de las discusiones mas amplias en la actualidad.

domingo, 3 de abril de 2011

Posibilidades de la integración teórica en Psicoterapia.



Volviendo de un viaje de trabajo, larga y apasionante conversación con un colega que trabaja en el modelo conductual. Una de las cosas en las que coincidíamos bastante es el la idea de que nos conviene leer de todo aunque hay que trabajar según algún modelo coherente en el que cada cual pueda creer y confiar. Esta posición, epistemológicamente conduce a posiciones algo confusas y débiles, pero personalmente me parecen mas atractivos que adoptar un punto de vista mas unilateral.

Hawkins y Mloninow en su libro “El gran diseño” explican como en la Física hay teorías que pueden explicar y hacer predicciones verificables sobre fenómenos de lo material distintos, como el electromagnetismo, o la gravedad desde diversos puntos de vista. Sin embargo, encuentran dificultades para construir una teoría que relacione satisfactoriamente entre si los diversos campos de lo observable. Apuestan por una propuesta que denominan “Teoria M” que explican así:

“La Teoría M no es una teoría en el sentido habitual del termino, sino una familia de teorías distintas, cada una de las cuales proporciona una buena descripción  de las observaciones pero solo en un cierto dominio de situaciones físicas”.

Me gusta este planteamiento, porque implica que, dado lo complejo del universo observable, aceptar una aproximación desde distintas perspectivas pueda dar una idea de conjunto mas rica que pretender una descripción desde un solo punto de vista. Alguien escribió que “no puedes pretender que comprendes un fenómeno hasta que no lo puedes describir coherentemente de dos maneas distintas”. Es una idea interesante para aproximarla al campo de a psicoterapia.

Todo esto para presentar un interesante articulo de van Beveren y de Haan. "A Visual Metaphor Describing Neural Dynamics in Schizophrenia" donde los autores proponen una “metáfora” para comprender la esquizofrenia, tratando de relacionar distintos niveles teóricos. Por ejemplo, lo que sabemos de la relación entre los circuitos neuronales dopaminérgicos, algunas hipótesis sobre la congición, algunos modelos experimentales de relacionados con redes neuronales artificiales y lo que sucede a nivel clínico, Todos ellos niveles de un ámbito de observación completamente diferente.

El articulo de van Beveren y de Haan articula los diferentes niveles de observación de una manera ingeniosa y coherente con las observaciones que aparecen en los diversos niveles del aproximación a la vida psíquica: desde le punto de vista clínico (el punto de vista de lo que la persona dice en la consulta), desde el punto de vista neurobiológico (lo que los investigadores han encontrado estudiando el cerebro de las personas con esquizofrenia, como por ejemplo el papel de la Dopamina), y pasando por hipótesis y modelos de redes neuronales artificiales, o teorías sobre la cognición, que por el momento se mueven en un nivel muy especulativo. Es un artículo se mueve en una orientación parecida a la “Teoría M” de Hawkins.

En el campo de lo “psi”, una critica habitual a las aproximaciones “integradoras” que, en su traducción a la práctica clínica, podrían conducir a un tipo de práctica que permitiría justificar casi cualquier conducta técnica de entre las prescritas por los modelos en juego. Obviamente, ante una determinada situación clínica, no es lo mismo una interpretación psicodinámica que ejecutar una técnica de reforzamiento de conducta, aunque, ambas potencialmente puedan tener efectos terapéuticos para el paciente. Un psicoanalista elegirá preferentemente la primera como estrategia técnica, y un psicólogo conductista la segunda. Cada técnica se justifica en su propio ámbito teórico, pero es difícil encontrar el marco que pueda justificar ambas  a la vez.

Un clínico “integrador” tendría que justificarse si pretendiera que, guiándose de su experiencia o de su insitinto, unas veces unas una técnica y otras veces la otra. Como el otro día me sugería agudamente un colega, un clínico debería leer de todo, pero en su practica tiene que ser consistente con una determinada teoría.

Hay otras perspectivas. Un terapeuta skineriano probablemente podría analizar una sesión psicoanalítica y explicar sus efectos desde referencias puramente conductuales. Y el mismo ejercicio se podría hacer desde la otra perspectiva. Esto, seguramente, ya se ha hecho.

domingo, 27 de marzo de 2011

"Un lugar para vivir"... (Lo claro, lo oscuro y las zonas grises)


Los colegas de la Asociación Canaria de Rehabilitación Psicosocial han realizado con notable éxito su 2ª Congreso. Muy a su pesar, tuvieron que cerrar la inscripción para no exceder el aforo.

"Un lugar para vivir" se refería en este caso al estado de la cuestión sobre formas de apoyo al alojamiento a personas con enfermedad mental grave. Las mismas que hasta hace menos de 30 años tenían como perspectiva el asilo o el manicomio.

LO CLARO...
La primera impresión es un poco “...hay que ver lo que hemos avanzado!”. Las presentaciones de colegas de varias comunidades autónomas muestran como una generación de profesionales ha asimilado la experiencia de los modelos de los que tratábamos de aprender hace apenas 10 años y como nuestra importación del modelo de Rehabilitación Psicosocial ha arraigado y ofrece éxitos importantes. Hay ya nubes de bits en la Red sobre el tema (www.fearp.org o www.wapr.info solo para empezar...) Respecto de los tiempos del manicomio, esta jornada ha demostrado de nuevo que la apuesta de Basaglia de que “las cosas se podían hacer de otra manera” -y mucho mas satisfactoria- era correcta. La Jornada ha mostrado como personas con enfermedad mental y con historias prolongadas de exclusión social, incluyendo desde institucionalizaciones prolongados o vida en la calle, han podido ser apoyadas exitosamente con oportunidades para desempeñar vidas normalizadas y ahora viven ahora en alojamientos “hogarizados”, compartidos en excelentes condiciones de dignidad y autonomía, con su enfermedad “controlada”, niveles de supervisión aceptables y a un coste social razonable.

Me agradó comprobar como mi contribución sobre el concepto de “Recuperación” (Recovery) no solo ya es conocido por muchos profesionales, sino que además sus valores ya forman parte de sus acervo profesional -por intuición, formación o experiencia- . Otras contribuciones -sobre trabajo con familias, o formas de intervención con personas “con difícil acceso” o “poco adherentes” a los tratamientos, o a recursos públicos, resultaron enormemente sugestivas.

LO OSCURO.
Los nubarrones en el horizonte se llaman, por supuesto, la crisis económica y las preguntas sobre la sostenibilidad (o la extensión futura de lo sostenible) del Estado de Bienestar. Presupuestos congelados, preguntas sin respuestas (políticas) sobre previsiones relacionadas con la política de gasto futuro, previsiones de recortes o incluso la sospecha de agendas ocultas para el recorte de prestaciones sanitarias y sociales, se insinuaron en los debates de la Jornada y se continuaron en los “pausas cafe” (que, por cierto, en Canarias se dicen “enyesques”) y en las conversaciones posteriores. Un poco de desconcierto. ¿Debemos ser militantes? ¿Exigir no retroceder ni un centímetro de Estado de Bienestar? ¿A quien se lo exigimos? ¿Al Gobierno?, ¿a los partidos políticos, ¿a las comunidades autónomas, ¿a Moody’s?

Como profesionales, nuestra misión es prestar los mejores servicios posibles con los recursos disponibles; y si nos nos ponemos estupendos, podemos además contribuir investigando sobre los procedimientos, condiciones o resultados de nuestra práctica para ver si podemos extraer lecciones de la experiencia y mejorar las prácticas futuras. Pero la experiencia no apoya precisamente la idea de que sea habitual extraer lecciones precisamente de la experiencia.


No sabemos como serán las cosas para la Sanidad o los Servicios Sociales en los próximos tiempos, pero hay razones para sospechar que los que vienen serán mas difíciles. Un asistente al congreso animo a “indignarse” con Stéphane Hessel, y puede que no le falte razón. (Habrá que leer su manifiesto).


...Y LAS ZONAS GRISES.

Las presentaciones sobre trabajo con personas con enfermedad mental en diversos encuadres han sido interesantes. Tenemos los Equipos de Atención Social Comunitaria de Madrid, tenemos los Centros de Rehabilitación Laboral, tenemos los programas de atención a personas con enfermedad mental sin hogar, tenemos los programas de alojamiento protegido, supervisado, etc...

El trabajo en la calle parece un trabajo de guerrillero, donde las vidas de las personas se cruzan y entrecruzan. Me produce una sensación extraña ver como el Sistema puede apoyar de manera efectiva a determinadas personas con Enfermedad Mental grave que han estado años en la calle - no a todas, no sé si a muchas - mientras uno ve en el espacio propio trabajo diario desde los servicios sociales como el proceso de exclusión va operando sobre las personas - con sus complejas interacciones entre el infortunio social, el desempleo y su cola de facturas sin pagar, enfermedades físicas y problemas de salud mental sin filiar, el deterioro de la edad y sobre todo la gran pobreza de red social.

En la guerrilla, las cosas no están tan claras como en otras guerras. Si los colegas de los EASC explican como vigilan con esmero el perfil de inclusión de los usuarios como medio de mantener la calidad y la fidelidad de la prestación a su programa. Sobre todo, ¡cuidado con los trastornos de personalidad! m
Se comenta la necesidad de mantener las "patologías comunes de salud mental" por fuera de este tipo de programas altamente específicos. A mi, desde otro punto de la trinchera, me parece ver como se va desdibujando el futuro de las personas en situación de riego social, con una o varias de esas “patologías comunes” de salud mental, como el riesgo de deterioro se va materializando, como algunas de las cosas que pueden salir mal van saliendo mal, y como a veces temes no poder ayudar a parar el deterioro de la persona.

Irónicamente, el el otro extremo del camino, los colegas que trabajan con la gente deteriorada de la calle, ponen en primer término -con razón- cosas como la vinculación, el cuidado en la aproximación o la paciencia ante el rechazo (del usuario), y el tema del diagnostico queda bastante mas desdibujado.

Al final aparecen el temas como lo de lo “sociosanitario” o del "espacio comunitario” que son temas donde, me parece, hará falta mucha reflexión...


martes, 22 de marzo de 2011

PERSPECTIVAS Y DIVERGENCIAS EN PSICOANÁLISIS: FREUD Y JUNG.




Los especialistas en psicoterapia o en psicoanálisis estamos acostumbrados a coexistir en un campo teórico heterogéneo, que recuerda mas a la Torre de Babel que a una comunidad de experiencia científica.

Me adhiero a la opinión de quienes opinan que la búsqueda y construcción de un territorio común de experiencia y de discusión seria muy deseable y permitiría discusiones útiles para el progreso de nuestro campo. Existen sin duda intentos en ese sentido, pero también se mantiene un tipo de practica teórica (y política) en la que los que comparten puntos de vista parecen satisfechos con repetirse los unos a los otros aquello en lo que ya están de acuerdo, y excluir de su campo de interés aquello que pueda poner en tela de juicio los consensos ya admitidos en cada grupo o escuela.

A veces, y esto afortunadamente me parece bastante común, la forma de trabajar de clínicos experimentados de escuelas distintas es tan parecida que uno se pregunta en que puedan consistir las diferencias teóricas que les aparentemente distancian. Otras veces, sin embargo, las diferencias pueden ser tan notables que uno se pregunta asimismo como es posible que prácticas tan diferentes puedan agruparse remotamente bajo el mismo campo.

Como ejemplo de esto último, recuerdo una comunicación oral en un congreso de Psicoterapia en el que un terapeuta de grupo leyó transcripciones literales parciales de sesiones de grupo de pacientes con esquizofrenia que, según explicó, verbalizaban reiteradamente su deseo de cosas tales como "devorar el pene del terapeuta" o de "alimentarse del pecho de su psiquiatra". Teniendo en cuenta que en mi experiencia de 25 años trabajando grupos de personas con esquizofrenia jamas había escuchado nada ni remotamente parecido, la comunicación de mis colegas me hizo preguntarme con inquietud qué clase de cosas podrían esos terapeutas estar diciendo a sus pacientes.

Para comentar un poco este punto de las diferencias teóricas entre las escuelas muy afines entre si, esta semana he investigado la conocida historia del distanciamiento de S. Freud, el inventor del psicoanálisis y C.G. Jung, uno de sus mas brillantes seguidores y, durante un tiempo, el hombre que parecía elegido por Freud para “heredar” el liderazgo del grupo freudiano.

Como señala acertadamente E. Jones, biógrafo “oficial” de Freud, al principio del capítulo “Disensiones” de si biografía, hubo dos tipos de razones que operaron como causas de esas disensiones. Escribe Jones que “la opinión general, con razón, trata de juzgar las diferencias entre las teorías de Freud y las de aquellos de sus discípulos que se distanciaron de él basándose en los méritos objetivos de sus respectivos puntos de vista, si bien no siembre se llega a alcanzar esa loable finalidad”. Y a continuación añade que “la investigación en psicoanálisis, solo puede lograrse por la superación de resistencias que se oponen siempre a tal propósito”.

La superación de estas “resistencias”, que afectan potencialmente al juicio del paciente y del analista en la misma medida, se lograría en el caso del segundo mediante un “psicoanálisis didáctico” que permitiría a los candidatos analistas elaborar cabalmente sus múltiples resistencias de manera duradera, de manera que no pudieran operar como obstáculos en la compresión de la teoría, ni en la aceptación de sus postulados, ni en su aplicación clinica.

Esta breve introducción permite situar el contexto en el que se pueden comprender las disensiones entre Jung y Freud.

Todos los biógrafos (Jones, biógrafo “oficial”, pero también R. W. Clark y L. Breger) explican como Jung, siendo un joven psiquiatra de la escuela de Bleuler, se sintió atraído con entusiasmo por la teoría freudiana y se puso en contacto epistolar con él. Si bien no se le ocultaron algunos puntos de desacuerdo: en particular, el de que la teoría “exigiese” considerar como “sexual” la energía del aparato psíquico del sistema freudiano. Ya en su primera carta a Freud – según L. Breger- Jung escribe: “a mi me parece que su terapia depende no solo de los efectos desatados por la abreacción (expresión emocional) sino también de ciertas relaciones personales, y yo considero que, si bien la génesis de la histeria es predominantemente sexual, no lo es de manera exclusiva”.

Jung era médico de un hospital psiquiátrico, estaba habituado a trabajar con pacientes con trastornos muy graves y probablemente, aunque era más de quince años mas joven, contaba con una experiencia clínica en ese campo particular que Freud no hubiera podido igualar. La respuesta de Freud a las francas, discretas y corteses discrepancias de Jung fue afectuosa y seductora: “Me aventuro a albergar la esperanza de que en el transcurso de los años se acercará más a mi de lo que ahora cree posible”.

Los biógrafos coinciden en que Jung siguió sintiendo reservas respecto de que la teoría de la libido sexual de Freud pudiera explicar lo que el veía cotidianamente en su hospital, pero que atribuyó la discrepancia a que su material observacional era completamente distinto del de Freud.
Las reservas de Jung hacia esta teoría sexual parecieron desvanecerse tras su primer encuentro personal, en 1907. Bleger opina que el encuentro “disipó las dudas de Jung, que aceptó la teoría sexual, y sintió que se encontraba ante un hombre extraordinario”, que además le halagaba, expresándole sin reservas la buena opinión que se había formado de él. Aunque Jung seguía encontrando dificultades para aplicar la teoría sexual freudiana a su observación clínica, ahora las atribuía a una insuficiente comprensión de la teoría freudiana, y las sometía al criterio de su nuevo mentor, situación que se prolongó durante años.

Jung se convirtirtió en un defensor de Freud en Suiza -en momentos difíciles para la teoría freudiana- y comenzó a cimentar una creciente carrera profesional apoyado en el Psicoanálisis, alentado por Freud que veía en él su sucesor al frente de la “causa” psicoanalítica.

Sin embargo, la experiencia clínica de Jung le seguía haciendo difícil usar las ideas freudianas en su terapéutica y en su pensamiento de la clínica de la psicosis, y esta tensión se mantuvo, creció y, con el tiempo, se hizo abierta.

Del estudio de su correspondencia mutua,  Bleger opina que, en ese periodo, “Jung parecía verdaderamente interesado en descubrir algo nuevo, en encontrar respuestas a preguntas que lo acuciaban". Bleger cree que, en esa época, el “estilo investigador” de Freud tenia mas que ver con encontrar argumentos que apoyasen su teoría que en ponerla a prueba contrastándola con la realidad; es decir, que eran investigaciones que buscaban argumentos para apoyar hipótesis ya aceptadas de de antemano.
En la opinión de otro biógrafo, R. W. Clark, el problema final fue que, respecto a la teoría sexual de Freud, tenían convicciones clínicas diferentes y que fracasaron en “ponerse de acuerdo en discrepar”.

El desenlace de esta tensión entre Jung y Freud condujo a su separación y la interrupción de su amistad. El reproche que Jung dirigió a Freud al final de su relación fue que Freud tendía a tratar las discrepancias teóricas - y sin duda él se sintió incluido- como el producto de resistencias de los escépticos en vez de tratar de refutarlas con argumentos clínicos. Esto conecta directamente con el segundo argumento de Jones (ver supra)

En una de sus últimas cartas Jung espetó: “Quisiera indicarle que su técnica de tratar a sus discípulos como si fueran enfermos es un disparate. De ese modo produce hijos abyectos o criaturas desvergonzadas”.

Si Jung no podía, como proponía Freud, aceptar que la etiología de la esquizofrenia era el resultado de un conflicto de naturaleza sexual, corría el riesgo de que, en el mundo psiconalítico, se interpretara que se lo impedían sus “resistencias” a aceptar las verdades psicoanalíticas “reveladas” por la investigación freudiana, y eso podría cuestionar – al menos ante los demás psicoanalistas- su habilitación para practicar el psicoanálisis de manera autorizada. Es la historia de la habilitación como psicoanalista.

Recordemos que Freud cimentó buena parte de su teoría psicoanalítica para la psicosis en su famoso “Caso Schreber”. Schreber fue el gran caso de paciente psicótico freudiano, que Freud analizó a partir de un libro autobiográfico y al que en realidad no trató nunca. El análisis teórico de Freud se basa, en buena parte – y perdón por la esquematización excesiva- en proponer el delirio schreberiano como una forma de reacción psíquica inconsciente defensiva ante su homosexualidad.

Eso, para Jung, en contacto cotidiano con pacientes como Schreber, resultaba seguramente inaceptable. De hecho, antes de su ruptura oficial, en sus conferencias americanas en la Universidad de Fordham, sin escatimar reconocimientos a la obra de Freud, Jung tampoco ocultaba su proyecto de enmendar algunos aspectos de sus fundamentos. En los términos del desarrollo de una disciplina científica normal, esto parecería completamente regular y esperable, pero para la forma particular de constituirse la disciplina psicoanalítica, parece que esto resultó totalmente inaceptable.

Ante este problema, una vez precipitada la ruptura personal, en el contexto de una serie de interesantes circunstancias personales que los distintos biógrafos describen minuciosamente, toda vez que Freud tomó medidas y movilizó a sus incondicionales, los partidarios de Freud podian ya sencillamente ignorar los argumentos de Jung y aceptar las tesis de las resistencias junguianas. Así éste cayo "en desgracia" para los psicoanalistas “ortodoxos”, como ya antes había sucedido con Adler y como después sucedió con tantos otros. De hecho, según los biógrafos, parece que los juicios sobre la salud mental de los disidentes eran habituales.

La lectura actual de las ideas de uno y otro acerca de la etiología de la psicosis produce una impresión parecida a la que se podría tener releyendo las discusiones medievales entre los partidarios de las teorías heliocéntrica o geocéntrica del Universo. Galileo fue condenado a prisión perpetua por sostener que, contrariamente a lo que pretendía Copernico, en realidad sería la Tierra la que girara alrededor del Sol, considerado éste como el centro del Universo. Irónicamente, según S. Hawkins, la forma actual de concebir el Universo desde la Teoría de la Relatividad hace que la pregunta de cual pueda ser su centro, sencillamente no tiene sentido, o al menos no lo tiene en el sentido de establecer algo parecido a una Verdad absoluta.

Resulta más interesante para mi preguntarme qué nos pasa a los seres humanos, que somos capaces de tomar decisiones que conducen a la hoguera –a veces literalmente – a personas por las cosas que piensan cuando discrepan de nosotros.

Si pensamos en la disputa teórica entre Freud y Jung, a mi modo de ver, la discusión actual sobre la etiología de la psicosis ha cambiado de tema y va por otros derroteros. Considero que lo mas justo que podemos decir sobre los puntos de vista de Freud sobre la psicosis es que, al igual que otros clásicos importantes (como Kaeppelin, Laborit o Durkheim), han aportado sillares importantes en la construcción del edificio del Saber del que se benefician nuestros pacientes, pero que sus saberes no deberían ser mistificados.

Creo que, como decía al principio, el campo de la psicoterapia y del psicoanálisis se verían beneficiados por un modo de trabajo e investigación menos centrados en la aceptación pública -¿acrítica? - de las opiniones de figuras más o menos carismáticas como líderes de las escuelas, y mas en la investigación personal y la reflexión colectiva sobre los enigmas que la clínica nos ofrece cada día.